Los primeros vestigios de ocupación humana en el actual municipio de Lousada remontan al III/IV milenio a.C. y resultan de la actividad de las primeras comunidades agrícolas del Neolítico. De éstos se destaca la necrópolis de la Serra de Campelos (Lustosa), un conjunto de monumentos funerarios de tipología diversa (túmulos megalíticos y cistas, megalíticas o no) asignable a los finales del período Neolítico. A pesar de los estudios, que se encuentran aún en una fase embrionaria, es posible adelantar igualmente algunas anotaciones relativas a la ocupación del Bronce Final en esta región. Con efecto, la estrategia de ocupación de estas comunidades de pastores-agricultores pasó sobre todo por la ocupación de topes de espolones destacados en el paisaje, con el designio de dominar los principales cursos de agua y vías de penetración en el territorio. Ejemplo de este período, y de este tipo particular de ocupación, parece ser el cabezo de Agrela (Lustosa), donde fueron recogidos, en el ámbito de los trabajos de prospección para la revisión de la Carta Arqueológica, varios fragmentos cerámicos y una punta de flecha en sílex, y aún el castro de S. Domingos, sitio arqueológico con una amplia diacronía, cuyo exponente ocupacional se verifica ya durante el período de la Edad del Hierro. La Edad del Hierro surge aún representada en un considerable número de pueblos fortificados, dispersos un poco por todo el área geográfica del municipio. De éstos, se destacan por su imponencia y situación estratégica de dominación del paisaje el castro de Mortórios (S. João de Covas), el castro de Alto de Nevogilde (Nevogilde), el castro de Pias (Pias), el castro de Bufo (Sousela), y aún el castro de S. Domingos, quizá uno de los más monumentales poblados castrejos de la región del valle de Sousa, donde, desde 1994, han sido realizadas sucesivas campañas de excavación.